Incentivar
el consumo de pescado y/o promocionarlo, resulta ser una acción irresponsable,
dado que solo se debería y/o podría hacer, si existiese información científica
sobre cuáles serían las especies a incentivar, cuál sería su límite de captura
y cuál sería la talla mínima.
No
se puede seguir pescando con una flota cuyo tamaño no está de acuerdo a la
biomasa de especies objetivo que se podría capturar sin poner en riesgo su
existencia. Se requiere saber, primer término cuánto se puede capturar de cada
especie y cuál es la capacidad de captura de la flota. Esa información
conduciría a establecer el número máximo de embarcaciones pesqueras que garantice
la sostenibilidad de las especies marinas en el ecosistema marino de Humboldt,
así como las cuotas máximas de captura.
El
recurso pesquero no aumenta en función de la demanda. Sucede que la biomasa de
las diversas especies objetivo sigue el camino inverso, éstas se reducen y por
tanto son insuficientes para satisfacer las expectativas y necesidades de todos
los partícipes de la pesquería.
Aun
superando el tema de asegurar la sostenibilidad de las especies, subsiste un
asunto que debe evaluarse: Si se incrementa la demanda de pescado, la oferta
sufrirá como consecuencia, además del riesgo de agotamiento, un incremento de
precios. En este escenario ¿podrían las personas más necesitadas de proteína
acceder a comprar pescado? El pollo siempre fue, desde la época de EPSEP y el
auge de consumo de jurel y merluza, un competidor importante porque
generalmente es más barato que el pescado.
Lo
que corresponde, entonces, es evaluar qué especies son las mejores o únicas
candidatas a ser promocionadas con el fin de incrementar el consumo. Y sin
necesidad de mucho análisis, solamente tenemos a la anchoveta, la cual es la
mejor especie estudiada y quizá la única hasta hace poco y la pota.
El
gasto de promoción del consumo de pescado debería, por lo tanto, focalizarse en
estas dos especies en forma prioritaria. Sin embargo, la investigación sobre
las otras especies, y su cuidado y protección, no debe ser descuidada en ningún
caso.
Hay
sectores de la población cuyos ingresos les permiten comprar pescado fresco,
congelado o enlatado, aunque en los últimos años sus precios han subido
considerablemente, aunque sus necesidades de proteína no son necesariamente tan
grandes como otros sectores que sí sufren de desnutrición y anemia infantil. Es
a estos sectores, que no pueden pagar por valor agregado, a quienes hay que
considerar como objetivo prioritario y hacia donde deben ser dirigidos los
recursos del Estado que permitan no solo crear el hábito de consumo de pescado,
sino las condiciones de captura y comercialización que les generen un producto
de precio accesible a su nivel de ingresos y/o a programas de apoyo
alimentario.
En
nuestro país, una parte considerable de la población continúa con bajos niveles
de consumo y de acceso a los alimentos, con la consecuente persistencia de
niveles de desnutrición. Pero para el sistema, el producto alimenticio es más
rentable cuando se exporta. La necesidad de otros países es una fórmula mágica
que lo transforma todo en oro.
Es
éticamente imposible negar esta realidad, menos aún ante una de las
características más espeluznantes de la estructura pesquera nacional: la
coexistencia del hambre con la exportación de nuestros productos alimenticios
hidrobiológicos.
La
desnutrición crónica es un indicador que tiene frenado al país y que mientras no
se resuelva no permitirá el crecimiento nacional con equidad y sin exclusión. Niños
menores de dos años padecen de desnutrición crónica en el Perú y sufren de
anemia por deficiencias de hierro en su alimentación. Pero nos jactamos del
éxito económico que significan los volúmenes de proteína exportados tanto en
forma de harina de pescado como de productos hidrobiológicos congelados y en
conservas.
La
seguridad alimentaria en el Perú está estrechamente vinculada a la distribución
de sus recursos. Es debatible, desde este punto de vista, el modelo que
sostiene y prioriza la exportación de dichos recursos.
El
Estado está llamado a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos a través de
políticas de inclusión y de desarrollo. En la zona rural, en términos de
alimentación, la presencia del Estado es pobre, inexistente y/o limitada. La
población rural dispersa en condición de pobreza se encuentra ubicada en zonas
alejadas de difícil acceso.
La
actual orientación del Programa “A comer pescado” que lleva a cabo el
Ministerio de la Producción, dirigido a promover el consumo de pescado en áreas
territoriales donde no es necesaria la intervención estatal, requiere de una
nueva orientación. En este escenario, la misma debiera ser fortalecer la
ingesta calórico-proteica de la población rural dispersa en condición de
pobreza: niños menores de 5 años, incrementando el consumo de recursos ícticos
de manera sostenible y promoviendo la participación del sector pesquero
artesanal en la extracción, procesamiento y comercialización de estos
productos.
Es
necesario implementar un programa social que contribuya con la seguridad
alimentaria nacional en la mejor forma posible que el sistema político lo
permite, yendo más allá de políticas que no tienen sostenibilidad sino que
descansan en la voluntad política y el marketing político. No se requiere
intervención en ciudades costeras ni en sectores de la población que tienen acceso
a la adquisición de productos hidrobiológicos, sino en las realmente
necesitadas.
Para
apoyar con éxito la erradicación de la desnutrición, se requiere de
Proyectos/Programas innovadores. El programa debe fundamentarse en la necesidad
de crear un mercado como responsabilidad del Estado y en el fortalecimiento de
capacidades que permitan convertir la atención de ese mercado en un negocio
rentable, generando empleo y riqueza, lo que lo hace sostenible en el tiempo.
LA DISTRIBUCION
El
pescado necesita ser promocionado para aumentar sus volúmenes de ventas. No es
suficiente con tener un producto de buena calidad y apariencia y que esté
disponible para los distintos segmentos de mercado, es también necesario
hacerlo conocer. El asunto es ¿qué pescados pueden ser promocionados sin
afectar la sostenibilidad de dichas especies?
Existen
varias modalidades de promoción, desde las recetas de preparación (cocina)
impresas en las etiquetas, embalajes o distribuidas en los puestos de venta,
hasta la promoción por chefs líderes internacionales o concursos de chefs de
restaurantes, pasando por los anuncios en los medios tradicionales de
comunicación o en festivales gastronómicos, costumbristas o temáticos (de la
pota, de la anchoveta, chilcanito de pescado, desayunos escolares, etc.). De
otro lado, los profesionales de la salud y la educación (maestros, médicos y
nutricionistas) pueden ser grandes aliados en la promoción del consumo de
pescado.
Las
estrategias de promoción deben ser adecuadas a cada realidad de la población
peruana, principalmente cuando el objetivo son los sectores socioeconómicos
menos favorecidos y que acusan altos niveles de deficiencias nutricionales. El
Estado debe actuar sobre la educación al consumidor y la creación de mercado
para incentivar al inversionista. Debe tener por objetivo la promoción del
consumo de anchoveta y sus derivados e incrementar el consumo per cápita de
pescado en la población, a fin de mejorar el nivel nutricional y de salud de
los sectores socioeconómicos menos favorecidos y reducir la desnutrición
crónica infantil.
Para
dicho fin, el primer paso es crear la demanda de pescado. Esta se consigue
mediante la promoción, publicidad y educación al consumidor efectuada por
entidades del Estado mediante diversos programas, entre los cuales se
encuentran las ferias semanales, degustación, concursos entre comedores
populares y clubes de madre. ¿Qué se puede promocionar? Recursos abundantes
como la pota y la anchoveta.
El
segundo paso es crear la infraestructura de comercialización minorista. Esto se
consigue articulando con los Municipios la asignación de puestos en los
mercados y estimulando a los bodegueros a incursionar en la oferta de productos
hidrobiológicos de la misma forma que ofertan pollo y carnes.
Creado
el interés y ubicada el área física, debe estructurarse créditos para la
creación de microempresas que inviertan en infraestructura básica (caseta de
madera, congelador y materiales diversos) destinados exclusivamente al expendio
de productos hidrobiológicos.
Luego
se capacita a los interesados en volverse microempresarios o a aquellos que ya
lo son, con programas especialmente dirigidos a la manipulación de pescado y a
técnicas de comercialización administrativas.
Este
es el paso más importante pues establece la demanda sostenida que pueda
absorber la oferta sostenida del sector pesquero artesanal estimulando la
inversión privada.
El
tercer paso, creada la masa crítica de compradores minoristas, es articular la
distribución del pescado capturado por la flota artesanal.
La
anchoveta o los recursos destinados al consumo humano directo deben sufrir un
proceso de congelado en diversas presentaciones, almacenarse y luego
distribuirse a través de cámaras isotérmicas hasta el punto de venta final.
Otra opción es procesarlos como curados, como la saladita lo que facilita su
distribución.
Sin
embargo, es la orientación del mercado la que definirá el tipo de producto por
región, por zona, o por ciudad.
Todo
este circuito de procesamiento, almacenamiento, distribución, venta, cobranza,
etc. corresponde al sector privado el cual verá un nicho de mercado en esta
operación, la posibilidad de generar nuevos negocios, y de generación de
empleo.
El
Estado actuará únicamente como el impulsor de la idea, mediante capacitación y financiamiento
iniciales para que posteriormente los negocios crezcan y se consoliden por sí
mismos.