REVISTA PESCA

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domingo, 22 de noviembre de 2015

La anchoveta en un mar de intereses

¿Qué sentido tiene, o ha tenido para el ciudadano peruano común y corriente, toda la pelea entre el Estado, la industria pesquera y las organizaciones ambientalistas y de todo tipo?

Si finalmente es un convidado de piedra al festín pesquero... Casi el 90% de la producción pesquera, sea para CHI o CHD se exporta. Muy poco queda para el país, y ni siquiera de la misma calidad, porque hay una “calidad de exportación”. Tampoco recibe una justa participación en la renta pesquera. Aún ese poco, es pésimamente distribuido por los índices irreales de un canon pesquero absurdo.

El ciudadano es utilizado como público espectador del debate, de la pelea, de la argumentación. 

Todos los contrincantes, en busca de legitimar sus posiciones, acuden al ciudadano a través de los medios para pedir  su opinión sobre el tema, que conoce poco o nada de la pesquería.

¿Por qué salen a la pantalla televisiva y a los diarios? Porque de una u otra forma nos necesitan. Eso se llama buscar la legitimación. ¿Y por qué nos necesitan? Porque requieren de un eco, de una caja de resonancia, de índices en las encuestas que les den la razón y queden bien ante el mundo por el acto de defensa de lo que dicen que defienden.

La verdad, por otro lado, es que el ciudadano común, mal informado y escasamente interesado, cree que somos bacanes porque exportamos mucho y le interesa bien poco lo que pasa con la bronca de la anchoveta. Creo que ni se da cuenta de que cada vez el pescado es más caro y/o más escaso en los mercados nacionales.

No sabe, o no quiere saber, que tenemos índices de anemia y desnutrición infantil alarmantes y que nuestra población de las zonas más deprimidas no tiene acceso a una alimentación sana, que podría cubrirse con pescado y programas sociales. Pero, claro eso ocurre muy lejos y no tenemos la culpa de ello. ¿No? Pero la verdad es que esa pobreza existente en un sector de la población es de una u otra forma culpa nuestra. Las comunidades indígenas, hoy campesinas en la sierra, eran prósperas hasta la llegada de los españoles que los conquistaron y embrutecieron con la coca en las minas, hasta convertirlos en poblaciones pobres.

La sociedad peruana es víctima ¿o cómplice? de ese acto de injusticia histórica que hoy prefiere no reconocer para evadirse de actuar. El hombre blanco vino a América y al Perú a saquear sus tesoros destruyendo una civilización en el proceso. Este país era de ellos antes que de nosotros. La invasión española con todas sus secuelas, hasta la inmigración de muchos de nosotros, despojó a una raza entera de sus territorios y de su forma de vida.
Somos una república heredera de los vicios y abusos de la Conquista y del Virreynato. Somos una República que no tiene ciudadanos. Somos miembros de una sociedad que ha vivido casi doscientos años marginando a los legítimos propietarios de esta Nación, sin querer reconocer sus obligaciones para con aquellos quienes fueron despojados de sus territorios y su forma de vida. Somos, de alguna manera, responsables del estado actual en el que viven.

Es más cómodo no hacer nada y ver en la televisión como se pelean pesqueros,  ambientalistas y ONGs, que al final de cuentas pelean solo por la propia industria, dándose cuenta o no. pelean No por el ciudadano ni por sus derechos. Esto es lo último en lo que piensan. Defienden intereses aparentemente divergentes, pero que al final convergen beneficiando a la industria pesquera. Lo que no es intrínsecamente malo, aunque deberían despojarse de tanta parafernalia y discurso innecesario, sobre todo porque la industria va a ganar siempre

El industrial pelea y defiende su derecho a convertir naturaleza en dinero y no tiene mayor interés que ese. Tampoco tiene mayores obligaciones que cuidar su dinero y su negocio. Que la anchoveta sea sostenible, en consecuencia, es una lógica necesidad de supervivencia del mismo.
Más anchoveta para exportar es la meta. Cuentan para su defensa con sus propios medios y las organizaciones satélites de las que dispone, articuladas o no, concientes o manipuladas, no importa. El Estado, con el argumento del crecimiento económico, siempre será un defensor de la industria, bajo cualquier disfraz o argumento. Los defensores del ambiente, del ecosistema o de lo que fuese, no cuentan con los mismos medios para defender, en una irónica situación, a una anchoveta que a la larga es para beneficio de la industria con la cual pelean por hacer sostenible el insumo principal de su negocio. Así que, al final sirven a los propósitos y fines de una industria que está bien lejos de servir a los intereses del país.

¿Qué le importa todo esto al peruano que no vive de la pesca ni responde a los intereses de la industria? Nada en realidad. Pero debería importarle en la medida que es el dueño de ese recurso natural, cuya explotación no le genera los dividendos que debería.

Se pesque más o menos anchoveta, se la convierte en harina o en conserva, e igual se va a los mercados internacionales con beneficios para una élite nacional que vive de la pesca.  ¿Qué ganamos entonces con toda esta grosera bronca por la anchoveta en la cual involucran a una ciudadanía que vive ajena a la pesca y al mar?

Si alguien cree que le va a ganar a la industria, está  equivocado. Es muy dudoso que el Estado se arriesgue a bajar más aún el índice de crecimiento del PBI. Si la pesca ayuda a que esa cifra crezca, pues esa es y será su prioridad. Por tanto y por algunas razones más, el Estado siempre será un defensor de la industria, bajo el argumento del PBI o del empleo o del impacto "social".  A veces se usa la palabra "cuota social de pesca". ¿Qué significa eso?  No importa porque actuar en beneficio de mucha gente siempre genera dividendos políticos, especialmente cuando esa gente puede hacer bulla, apoyada o no por gremios o instituciones, manipulada o actuando con convicción. El impacto es el mismo.
El problema es la otra cantidad de gente, también impactada de una u otra manera, que no hace bulla. O porque no le intersa, o porque somos sumisos, o por falta de apoyo institucional. Pero ¿no es acaso esa la forma de vida política de la ciudadanía nacional? Criticar y no hacer nada salvo por algún rédito ¿no es acaso una tradición en el país?

Persistir en ilusión de que una campaña mediática va a provocar que se priorice la agenda de temas ecosistémicos y ambientales sin ver el tema de fondo y sin acudir a la ciudadanía informando y educando, llamándola a la acción concreta, es  una pérdida de tiempo.  El objetivo final que dicen buscar es inalcanzable. El futuro le pertenece a quien tiene más dinero y más poder, como todo en la historia de la República. Y esa es la única razón que explica la gran cantidad de defensores a ultranza de la industria. Lo demás son dibujos animados, discursos más o menos interesantes.

¿Hasta cuándo? Hasta que despertemos y asumamos la responsabilidad de volvernos ciudadanos activos y no dejemos que nos usen como caja de resonancia, o espectadores cuando se trata de recursos naturales de los cuales somos los propietarios.
Estamos a escasos meses de un cambio de gobierno. Lo que debe hacernos reflexionar en la necesidad que existe de una participación ciudadana más activa.

Somos un hambriento nadando en un mar de proteínas abundantes que benefician a todos menos a nosotros.


Marcos Kisner

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